jueves, 7 de febrero de 2008

La magia del Calderón


Llegamos pillados de tiempo. Ya a la entrada del túnel de la M-30 se me empezó a poner la piel "de gallina". La enorme cola de coches y autobuses en la salida al Calderón me estaba poniendo eléctrica. Cuando logramos salir y divisé el estadio se me saltaban las lágrimas. Toda la gente corriendo con sus bufandas y sus camisetas rojiblancas, los puestos de comida: "¡pipas, caramelos, patatas!", hasta eso me emocionaba, jeje. Y qué decir de los puestos de bufandas, gorras y demás, ondeando las banderas de mi equipo.

Entramos al Calderón y mi padre y mi hermano se pararon a comprar bocatas, yo subí, subí porque no podía aguantar más, necesitaba verlo. Fue increíble. Nada más asomar mi cabeza a la grada, una luz impresionante me cegó. Era un espectáculo. Qué colorido. Qué cesped más verde, más bien puesto. Y sobre todo, ¡qué sentimiento! Acostumbrada a ver el estadio municipal de mi ciudad, ya ves, como para que no se te pare el corazón.

El comienzo del partido no pudo ser mejor, 2-0 apenas en unos minutos y mis jugadores favoritos a pleno rendimiento, dando lo mejor de sí mismos. Forlán moviéndose por todo el campo, recibiendo mil balones y haciendo todo lo que sus compañeros tenían que hacer y no hacían. Y como no, Kun, que toca un balón y mete un golazo que casi hace que me caiga de la grada. Sólo por verlo mereció la pena, el resultado y sus consecuencias, de verdad, fueron lo de menos. La mala noticia del día fue enterarme de que la hija de Maradona es su novia :P. Pero compartir estadio con un ídolo como Maradona también fue un lujo incomparable.

Papá, llévame otra vez al Calderón.